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Resiliencia sin drama: lo que entendí cuando dejé de verla como fortaleza

Muchas veces me han dicho que soy una persona resiliente. Sobre todo en el contexto de mi enfermedad.

Lo dicen con admiración. A veces con sorpresa. Como si estuvieran viendo algo especial.

Y durante mucho tiempo yo asentía, agradecía… pero por dentro no terminaba de entenderlo.

Porque, siendo honesto, yo no sentía que estuviera haciendo nada extraordinario.

No sentía que fuera particularmente fuerte.

No sentía que estuviera «resistiendo» algo de forma heroica.

Simplemente estaba haciendo lo que tocaba hacer.

Y esa diferencia -pequeña, casi invisible- es la que cambió todo cuando finalmente la entendí.

El momento que me hizo verlo distinto

No fue en una consulta médica.

No fue en un momento difícil.

Fue viendo a un niño.

Un niño pequeño, aprendiendo a comer en condiciones muy duras: sin un brazo y con limitaciones en el otro. Cada intento era imperfecto. Fallaba. La comida no llegaba. Tenía que volver a empezar.

Pero no era eso lo que impactaba.

Lo que realmente me detuvo fue otra cosa.

No había drama.

No había frustración como la entendemos los adultos.

No había pausa para preguntarse si podía o no podía.

Había algo mucho más simple. Mucho más puro:

intento → error → ajuste → intento

Una y otra vez.

En ese momento sentí que algo encajaba.

Porque eso mismo -sin haberlo nombrado así- era exactamente lo que yo venía haciendo.

Ahí entendí que la resiliencia no era una cualidad.

Era un proceso en marcha.

La historia que nos contamos (y cómo nos pesa)

Con los años, los adultos vamos aprendiendo algo peligroso: a interpretar cada error.

Ya no es solo que algo no salió bien.

Es lo que eso significa:

  • «esto debería haber sido distinto»
  • «ya lo intenté demasiadas veces»
  • «tal vez esto no es para mí»

Y sin darnos cuenta, empezamos a cargar más con la historia que con el hecho en sí.

El niño no tiene eso todavía.

Solo tiene el proceso.

Y quizás por eso avanza.

Ponerle estructura a lo que estaba pasando

Cuando traté de entender mejor lo que veía -en ese niño y en mí-, encontré una forma más clara de explicarlo.

No como una cualidad, sino como un sistema:

El sistema PERA: Propósito – Error – Reajuste – Actitud

Una secuencia simple, pero profundamente real:

hay un motivo para seguir,

algo no sale como esperabas,

ajustas,

y decides desde qué lugar continúas.

Y lo más interesante es que, al verlo así, muchas cosas empiezan a tener sentido.

Propósito: cuando no hay mucho que negociar

En una enfermedad grave, el propósito no suele ser opcional.

No es un ideal. Es algo mucho más cercano:

querer sentirse mejor, querer sostener la vida tal como es, querer seguir.

Eso cambia la conversación interna.

No te preguntas tanto si continúas.

Continúas porque hay algo que importa lo suficiente.

Error: aprender a convivir con lo imperfecto

Hay días buenos.

Hay días difíciles.

Hay decisiones que no funcionan como esperabas.

Si cada uno de esos momentos se vive como un fracaso, el desgaste es enorme.

Pero si empiezas a verlos como parte del proceso… algo se relaja.

No desaparece la incomodidad.

Pero deja de detenerte.

Reajuste: el movimiento que lo sostiene todo

Con el tiempo entendí que no se trata de insistir ciegamente.

Se trata de ajustar.

Probar.

Observar.

Cambiar algo.

Volver a intentar.

A veces los cambios son mínimos.

Pero suficientes para seguir avanzando.

Ese movimiento -casi silencioso- es el que sostiene todo.

Actitud: desde dónde enfrentas el proceso

Si hay algo que, mirando hacia atrás, reconozco como fundamental, es la actitud.

Y no lo digo desde un lugar ingenuo.

No se trata de «estar positivo».

No se trata de negar lo difícil.

Se trata de algo más simple y, al mismo tiempo, más exigente:

decidir desde dónde enfrentas lo que te toca.

La actitud no cambia la realidad.

Pero cambia la forma en que te paras frente a ella.

Hace que el propósito no se diluya.

Hace que el error no se vuelva personal.

Hace que el reajuste sea posible.

Y, sobre todo, evita que la carga emocional lo invada todo.

Muchas veces no es automática.

Muchas veces hay que elegirla.

Incluso cuando no es lo más fácil.

Lo que entendí (y no veía antes)

Cuando alguien hoy me dice que soy resiliente, lo escucho distinto.

No lo veo como una cualidad especial.

Lo veo como la consecuencia de algo que se ha repetido muchas veces:

seguir, equivocarme, ajustar…

y decidir una y otra vez cómo continuar.

Y todo eso lo pude ver con claridad por primera vez en ese niño.

Ahí entendí que no se trataba de ser fuerte.

Se trataba de mantenerse en el proceso.

Una invitación

Tal vez no se trata de preguntarnos si somos resilientes o no.

Tal vez la pregunta es otra:

  • ¿Qué tan claro es mi propósito?
  • ¿Cómo estoy interpretando el error?
  • ¿Estoy ajustando o solo repitiendo?
  • ¿Desde dónde estoy enfrentando lo que me toca?

A veces, cambiar la forma de mirar el proceso cambia completamente la forma de vivirlo.

Durante mucho tiempo pensé que la resiliencia era algo que otros veían en mí.

Hoy entiendo que es algo mucho más cercano.

Es un sistema que, sin darme cuenta, he estado viviendo día a día.

El sistema PERA.

Un sistema donde hay un motivo para seguir, donde el error no define, donde el reajuste es constante… y donde la actitud termina marcando la diferencia.

Porque si algo he aprendido en este camino, es esto:

la actitud no elimina la dificultad, pero sí define cómo se atraviesa.

Es lo que permite levantarse sin que cada caída pese el doble.

Es lo que sostiene cuando no hay certezas.

Es lo que hace posible seguir, incluso cuando no es claro hasta dónde.

Al final, la resiliencia no es una cuestión de fuerza extraordinaria.

Es una forma de estar en el proceso.

Y dentro de esa forma, el sistema PERA no es una teoría.

Es, muchas veces, lo que lo hace posible.


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