Después de analizar lo ocurrido en las elecciones y reflexionar sobre el tipo de liderazgo que parece estar haciendo falta, queda una pregunta inevitable:
¿qué tipo de proyecto político podría surgir de esta lectura del país?
No uno nuevo solo por ser nuevo.
No uno «diferente» solo en el discurso.
Sino uno coherente con lo que hoy vive y siente una gran parte de la ciudadanía.
Un proyecto que no nace de una ideología, sino de una realidad
Durante años, muchos proyectos políticos han nacido desde marcos ideológicos cerrados, importados o heredados. Luego han intentado adaptar la realidad a esa idea previa. El resultado ha sido rigidez, distancia y frustración.
Tal vez el orden debería invertirse.
Un proyecto político pertinente hoy tendría que nacer de la realidad concreta del país, de sus desigualdades territoriales, de su diversidad social y de su cansancio acumulado. No de un manual, sino de una lectura honesta de cómo vive la gente.
Eso no significa ausencia de ideas. Significa ideas que parten de la vida real, no que la ignoran.
Un proyecto que no promete salvar
Uno de los grandes errores de la política reciente ha sido ofrecerse como salvación total o como solución técnica perfecta. Ambas cosas generan distancia: una por irreal, la otra por fría.
Un proyecto distinto tendría que decir algo más sobrio y más exigente a la vez:
«no venimos a hacerlo todo por usted. Venimos a caminar con usted mientras arreglamos lo que hoy no funciona».
Eso implica:
- menos promesas grandilocuentes,
- más compromisos concretos,
- menos espectáculo,
- más trabajo silencioso y sostenido.
Un proyecto que entienda el territorio
Costa Rica no se gobierna desde un centro único. Las realidades de las zonas costeras, rurales, fronterizas y urbanas no son equivalentes, y pretender tratarlas como si lo fueran es una forma de exclusión.
Un proyecto político serio tendría que:
- escuchar distinto en cada región,
- priorizar distinto según el territorio,
- y aceptar que la equidad no siempre se logra con políticas idénticas.
Se trata de acercar el Estado a la gente y no la gente al Estado. No se trata de fragmentar el país, sino de reconocerlo tal como es.
Un proyecto que confíe en la gente
Parte del desgaste institucional tiene que ver con una lógica de desconfianza permanente: regulaciones excesivas, trámites interminables, controles que parten de la sospecha.
Un proyecto político alineado con lo que hoy demanda la ciudadanía tendría que cambiar esa lógica. Confiar más en las personas, en las comunidades, en los pequeños actores económicos. No para abandonar la responsabilidad estatal, sino para ejercerla mejor.
Confiar es también una decisión política.
Un proyecto que hable claro
La política no puede seguir hablándose solo a sí misma. Un proyecto creíble tendría que comprometerse con un lenguaje comprensible, directo y honesto. Explicar, no confundir. Reconocer límites. Decir «no» cuando corresponde.
La claridad no empobrece la política. La dignifica.
Un proyecto sin prisa electoral
Quizás esta sea la parte más difícil de aceptar: los proyectos que valen la pena no se construyen con apuro. La ansiedad por competir, figurar o capitalizar coyunturas suele producir estructuras débiles y discursos incoherentes.
Un proyecto serio necesitaría tiempo para:
- escuchar antes de definir,
- formar liderazgos antes de exhibirlos,
- construir confianza antes de pedir apoyo.
En un contexto de desencanto, la paciencia puede ser una ventaja, no una debilidad.
Una oportunidad que no grita
Hay hoy un sector amplio del país que no está en los extremos. No se siente cómodo con los discursos ideológicos cerrados, pero tampoco con el inmovilismo. No busca mesías ni tecnócratas inalcanzables. Busca sentido común, respeto y coherencia.
Ese sector no siempre se manifiesta con fuerza, pero existe. Trabaja, paga impuestos, cuida a su familia y siente que la política pasa por encima de su vida sin mirarla.
Ahí hay un aoportunidad.
No para conquistar, sino para reconectar.
Tal vez el mayor aprendizaje de este momento político es sencillo y exigente a la vez: antes de pensar en ganar elecciones, hay que volver a entender al país.
Entenderlo no desde la superioridad, sino desde la cercanía.
No desde la prisa, sino desde la escucha.
No desde la promesa fácil, sino desde el compromiso real.
Si algún proyecto político logra partir de ahí, no solo tendrá futuro electoral. Tendrá algo más escaso hoy: legitimidad.
Cierre
Estas reflexiones no nacieron de una certeza absoluta ni de una receta política. Nacieron de una inquietud honesta: la sensación de que algo se rompió en la relación entre la política y una parte importante del país, y que seguimos intentando repararlo con las mismas herramientas que fallaron.
Escuchando el otro día al asesor de campaña de la hoy presidenta electa, le consultaba a los entrevistadores de Opa, «¿en realidad ustedes creen en los debates?, ¿La gente los escucha?, ¿lograron convencer a alguien de votar por otro?» Quizás esas herramientas ya dejaron de ser efectivas y lo que la gente quiere es más cercanía, más acompañamiento, más escucha.
Las últimas elecciones no fueron solo una competencia entre partidos. Fueron un espejo. Un espejo incómodo que mostró un país fragmentado territorialmente, cansado emocionalmente y desconfiado de discursos que suenan bien, pero no siempre se sienten reales.
Mostraron también una oposición que, en muchos casos, habló más de lo que sabía que de lo que entendía. Que explicó más de lo que escuchó. Que confió en la razón cuando el problema estaba en el vínculo.
Tal vez por eso tanta gente votó sin convicción.
Tal vez por eso muchos hoy no saben donde ubicarse políticamente.
Tal vez por eso el mayor dato de estas elecciones no está en los números, sino en el silencio posterior.
Gobernar -y hacer política- no debería empezar por la ambición del poder, sino por la disposición a comprender. No por el programa, sino por la escucha. No por la promesa, sino por el acompañamiento.
Un país no es un problema técnico que se optimiza.
Es una realidad humana que se cuida.
Eso exige liderazgos menos preocupados por brillar y más dispuestos a servir. Exige proyectos que nazcan del territorio y no solo de las ideas. Exige un Estado que confíe más y estorbe menos. Exige lenguaje claro, honestidad incómoda y paciencia para construir.
Nada de eso es espectacular.
Pero todo es necesario.
Quizás el mayor error sería apresurarse a llenar este vacío con nombres, nuevas siglas o nuevas promesas. Antes de eso, hay que entender por qué tanta gente dejó de creer, de esperar o de sentirse parte.
Tal vez el verdadero desafío político del próximo tiempo no sea ganar elecciones, sino reconstruir la relación entre el poder y la vida cotidiana de las personas.
Si ese paso no se da, cualquier victoria será frágil.
Si se da, incluso antes de competir, algo ya habra empezado a cambiar.

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