El liderazgo que Costa Rica parece estar pidiendo

Si algo dejaron claras las últimas elecciones es que el problema no fue únicamente de partidos, sino de forma de ejercer la política. Muchos ciudadanos no rechazaron ideas concretas; rechazaron una manera de hablarles, de mirarlos y de relacionarse con ellos.

Eso obliga a una pregunta más profunda:

¿qué tipo de liderazgo está necesitando hoy Costa Rica?

Menos protagonistas, más acompañantes

Durante años, la política se ha construido alrededor de figuras que se presentan como salvadores, expertos o gestores infalibles. Algunos desde la épica, otros desde la técnica. Pero en ambos casos, el mensaje implícito es parecido: «confíe en mí, yo me encargo».

Sin embargo, una parte creciente del electorado parece estar diciendo otra cosa:

«no necesito que me salven, necesito que no me estorben y que me acompañen cuando no puedo solo».

Eso implica un liderazgo menos centrado en el ego y más centrado en el servicio. Menos discursos grandilocuentes y más presencia real. Menos promesas totales y más compromisos concretos.

Autoridad sin soberbia

Costa Rica no necesita improvisación ni ocurrencias. Necesita capacidad, experiencia y conocimiento. Pero necesita algo más difícil: autoridad sin arrogancia.

Un liderazgo que no confunda firmeza con prepotencia, ni conocimiento con desprecio. Que entienda que saber más no autoriza a escuchar menos. Que pueda decir «esto es complejo» sin descalificar al que no maneja el lenguaje técnico.

La confianza no se construye demostrando superioridad, sino mostrando criterio y respeto.

Cercanía que no sea teatro

La cercanía auténtica no es tomarse fotos ni recorrer comunidades solo en campaña. Es entender los ritmos, los miedos y las prioridades de quienes viven realidades muy distintas a las de los centros urbanos.

Un liderazgo cercano no promete lo mismo en todos lados. Escucha distinto en cada territorio. Reconoce que no se puede hablar igual en un cantón costero que en uno urbano, ni a un agricultor que a un profesional independiente.

La cercanía no es populismo cuando nace de la escucha y no de la manipulación.

Decir la verdad, incluso cuando incomoda

Otro rasgo que empieza a ser valorado -aunque no siempre recompensado electoralmente a corto plazo- es la honestidad. Decir qué se puede hacer y qué no. Reconocer límites. Explicar decisiones difíciles sin esconderlas detrás de tecnicismos.

Un liderazgo maduro entiende que tratar a la ciudadanía como adulta implica no mentirle para ganar aplausos. La gente tolera más una verdad incómoda que una promesa que sabe que no se va a cumplir.

Un Estado que confíe más

Parte del malestar actual tiene que ver con la sensación de desconfianza permanente: trámites excesivos, regulaciones que asumen mala fe, controles que castigan a quienes sí cumplen.

El liderazgo que el país necesita debe atreverse a cambiar esa lógica. Confiar más en las personas, en las comunidades, en los pequeños productores, en los emprendedores. Entender que el exceso de control también es una forma de abandono, porque paraliza.

Confiar no es renunciar a la responsabilidad del Estado. Es ejercerla con inteligencia y sentido humano.

Ni mesías ni burócratas

Tal vez el mayor aprendizaje de este ciclo electoral es que Costa Rica no está buscando ni mesías ni burócratas brillantes. Está buscando liderazgos sobrios, cercanos y coherentes. Personas que no prometan refundarlo todo, pero que tampoco se resignen a que nada cambie.

Liderazgos que entiendan que gobernar es un proceso, no un espectáculo. Que el poder se usa con cuidado. Que escuchar no debilita, fortalece.

Una oportunidad silenciosa

Hay hoy un amplio sector del país que no se siente representado, pero que tampoco ha renunciado del todo. No grita en redes sociales, no milita, no marcha. Trabaja, resuelve como puede y desconfía.

Ahí hay una oportunidad. No para aprovecharse, sino para reconstruir confianza. Pero esa confianza no se decreta ni se compra: se gana con coherencia, tiempo y respeto.

Una última reflexión

Tal vez el error más grande de la política reciente fue olvidar algo básico: la gente no es un problema que se administra, es una realidad que se acompaña.

Si el próximo ciclo político logra entender eso, no solo ganará elecciones. Habrá empezado a gobernar mejor, incluso antes de llegar al poder.


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