Cuando la política deja de escuchar: algunas lecciones incómodas de las últimas elecciones

Las elecciones recién pasadas no solo definieron un resultado. Dejaron al descubierto algo más inquietante: una desconexión profunda entre la política y buena parte del país. No se trata únicamente de quién ganó o perdió, sino de cómo votó Costa Rica… y de cómo muchos dejaron de sentirse parte del juego.

Viendo las respuestas de algunas personas de distintos sectores y regiones, y conversando con algunos de ellos, aparece una sensación recurrente: «ningún partido habla de lo que yo vivo». No es apatía pura; es cansancio. Y ese cansancio debería de ser la primera señal de alerta para cualquier fuerza política que aspire a gobernar.

La brecha territorial: votar distinto porque se vive distinto

Uno de los datos más reveladores del último proceso electoral es, a primera vista, contraintuitivo.

Los cantones con mejores indicadores sociales -mayor ingreso, mejor acceso a servicios, más oportunidades educativas- votaron mayoritariamente por Liberación Nacional.

Mientras tanto, en los cantones con mayores niveles de rezago social, pobreza estructural y menor acceso a oportunidades, el voto se inclinó por la continuidad del partido gobernante.

Este patrón no puede leerse de forma simplista ni moralizante. No se trata de «votos informados» versus «votos equivocados». Se trata de realidades distintas, necesidades distintas y expectativas profundamente diferentes frente al Estado y la política.

En los territorios con mejores condiciones, el ciudadano suele votar desde la evaluación: compara resultados, castiga errores, exige eficiencia, cuestiona la gestión y busca alternancia. Tiene mayor margen para pensar en el largo plazo, en reformas estructurales y en calidad institucional.

En los territorios con mayor rezago, el voto responde más a la certeza que a la promesa. No necesariamente porque exista satisfacción, sino porque el miedo a perder lo poco que se tiene pesa más que la expectativa de un cambio incierto. Cuando el Estado llega de forma intermitente, fragmentada o clientelar, la continuidad se percibe como una forma de protección, no como respaldo ideológico.

Aquí es donde la oposición falló de manera más profunda.

No supo -o no quiso- estar presente antes de pedir el voto, escuchar antes de proponer, acompañar antes de prometer. En muchos de estos territorios, la política sigue apareciendo solo en campaña, con soluciones técnicas para problemas humanos, con discursos correctos pero lejanos, con diagnósticos precisos pero sin vínculo emocional.

La brecha territorial no es solo económica o social. Es una brecha de presencia, confianza y empatía.

Mientras esa brecha no se cierre, cualquier propuesta -por más bien diseñada que esté- seguirá sintiéndose ajena para quienes más necesitan que la política vuelva a ser cercana.

El problema no es que el país vote distinto. El problema es que muchos partidos siguen hablando como si el país fuera homogéneo.

La oposición y su dificultad para leer el malestar

Buena parte de los partidos de oposición hicieron campañas técnicamente correctas. Diagnósticos sólidos, equipos preparados, documentos bien estructurados. Sin embargo, algo falló en la conexión.

Tal vez porque se insistió demasiado en convencer desde la razón y muy poco en comprender desde la experiencia. Porque se habló de reformas, de indicadores, de modelos, mientras una parte importante del electorado estaba preocupada por llegar a fin de mes, por mantener su empleo o por no quedar atrapada en trámites interminables.

La política, en muchos casos, habló desde la cabeza cuando el cuerpo estaba cansado.

Gobernar como un médico: una metáfora necesaria

Siempre he pensado que gobernar se parece mucho a la medicina. Cuando un paciente llega a consulta con dolor, no quiere que el médico empiece enumerando títulos, universidades o congresos internacionales. Quiere que lo escuchen. Que le crean. Que lo entiendan.

El paciente quiere alivio, pero también quiere respeto.

En política ocurre lo mismo. Cuando una persona siente que el sistema no le responde, que el esfuerzo no alcanza o que el Estado solo aparece para cobrar o prohibir, no quiere discursos sofisticados. Quiere sentir que alguien entiende su dolor y no lo minimiza.

En estas elecciones, muchos discursos opositores parecieron más preocupados por demostrar competencia que por generar cercanía.

Acompañar sin sustituir: una línea que casi nadie entiende

Hace poco escuché una entrevista a una persona con cáncer que decía algo muy revelador: el enfermo no quiere que le hagan todo; quiere que lo acompañen. Que lo escuchen, que lo apoyen, que lo entiendan. Que sienta que no está solo en esa lucha, pero que también lo dejen hacer, mientras pueda, aquello que todavía está en sus manos.

Esa frase describe con precisión lo que muchos ciudadanos esperan del Estado.

La mayoría no quiere un gobierno que los reemplace, que los infantilice o que los vuelva dependientes. Pero tampoco quiere un gobierno ausente que los deje solos frente a problemas estructurales. Quiere un Estado que acompañe sin invadir, que apoye sin humillar, que quite obstáculos en lugar de crear nuevas dependencias.

Ese equilibrio -difícil pero esencial- estuvo ausente en gran parte del discurso político reciente.

El lenguaje como barrera

Otro elemento clave fue el lenguaje. Un lenguaje técnico, abstracto, cargado de conceptos que funcionan en un seminario, pero no en la vida cotidiana. Cuando una propuesta no se puede explicar con palabras simples, sin siglas ni jerga, algo falla.

La técnica es indispensable para gobernar, pero no puede ser el punto de entrada. Cuando se convierte en exhibición, se transforma en distancia. Y la distancia, en política, se paga caro.

Muchos ciudadanos hoy están huérfanos

Quizás uno de los datos más relevantes de estas elecciones no está en los resultados oficiales, sino en lo que se escucha después: personas que no se sienten representadas ni por los partidos tradicionales, ni por los emergentes, ni por las opciones ideológicas más claras.

Y siento que no es que no quieran participar (lo vimos en los últimos dos días como muchos salieron a disfrutar de la democracia). Es que no se reconocen en el discurso político.

Y eso debería preocupar más que cualquier porcentaje.

Una pregunta abierta

No tengo respuestas cerradas ni soluciones mágicas. Pero sí una convicción que estas elecciones refuerzan: la política que no escucha, termina hablando sola.

Tal vez gobernar no sea mandar más, ni prometer más, ni explicar mejor.

Tal ves sea, antes que nada, acompañar.

Escuchar, antes de decidir.

Aliviar, antes de reformar.

Respetar, antes de intervenir.

Tal vez, si la política vuelve a entender eso, muchas personas vuelvan a sentirse parte del país que también sostienen.


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